Por Jeremías Martell
Un mensaje corto fue lo que alertó de lo que pronto
sucedería.
“¿Qué hiciste… la matates?”
Verdaderamente no entendía a lo que se refería.
Desde que vivía en el exilio había perdido contacto con las personas que en
algún momento llame “amigos”. Más importante, todos aquellos con los que no
tenía ningún vínculo afectivo ya no eran
importantes. Eran fantasmas del pasado.
El mensaje era en tono de sarcasmo y mofa. Mi amiga
sabia de la relación. Sabia cuan tormentosa había sido. De cómo el amor se
había convertido en desprecio, rencor y odio.
No le hice mucho caso a ese mensaje. Verdaderamente
la había sacado de mi vida. Habían pasado años desde que había sabido algo de
ella. Casi todas mis amistades habían respetado mi deseo de no saber de ella.
Un día más tarde recibí un segundo mensaje. Igual
de corto de otra persona que nos conocía.
“¿Sabes lo que le paso a ella?”
Mi reacción fue una de elación. Aunque no sabía que
fue lo que había pasado. El prospecto de saber que alguien a quien odiaba pasaba
penurias me alegraba el alma. Era algo trágico. Mensajes como estos sólo eran presagios
de malas nuevas. No serian para mí.
Otro día pasó… y nadie más me enviaba información.
Fui quien directamente le preguntó a una tercera persona.
“Qué le pasó…”
“Ella murió…”
El mensaje continuaba dando escuetos detalles de cómo
el esposo la había encontrado muerta…
eso ya no importaba. A mí no importaba. Estaba muerta. Vería su tumba.
El gozo en el alma que sentí era inmensurable. Durante
días el emborrachamiento de felicidad nublaba mis sentidos. No podía dejar de sonreír.
De bailar. De compartir la alegría que sentía.