Por Jeremías Martell
Caminábamos
por La Ronda. Regresábamos a nuestros hoteles. Hacia frio. Como todas las
noches que estuvimos en Quito. Mientras caminábamos conversábamos, un poco
juntos, pero no demasiado. La continuación de lo que se había convertido en una
larga conversación que había comenzado en la cena.
Compartimos un
asado, vino y hasta un canelazo.
Entre todo eso ella me hizo una pregunta que no estaba preparado a contestar.
Sólo la contesté. Lo cual llevó a otra pregunta y a otra... cada contestación
requería una explicación… le ripostaba con preguntas que ella contestaba de
forma sincera… hasta que pasamos horas hablando en un restaurante de una
toreara.
Era un
intercambio de lo que había sido nuestros pasados. De las experiencias que nos
habían formado como personas. De esos dolores que continuarían con nosotros por
el tiempo que viviéramos, y de todas esas alegrías que nunca olvidaríamos.
Compartimos
esos horrendos secretos que hubieran intimidado a cualquiera. Revelando esas
intimidades que nos hacían vulnerables. Todo aquello que normalmente se
esconde... todo lo desplegamos por La Ronda.
La magia de
estar lejos de nuestros países. De saber que no nos volveríamos a ver.