Por Jeremías Martell
Me aprestaba a
comenzar. Caminé hacia el podio de la forma más arrogante posible. Tomé posesión
del mismo con una perversa sonrisa. Con la emoción del disfrute de estar frente
a un salón lleno de personas que venían a verme y a escucharme hablar.
Como todo tema
académico, era algo árido y hasta aburrido. Los que hablaron antes de mi fueron
eficientes en su tarea. Pero, no lograron “mover”, conmover o inspirar a la
audiencia. No lo haría así. Llenaría mi presentación de una “comedia”
seca. Repleta de cinismos y sarcasmos.
Había diseñado toda una serie de comentarios “impropios” que incomodarían a los
académicos más pulcros de la audiencia.
El salón
estaba lleno de mis pares. Mis iguales en la academia. No les iba a hablar a
ellos. Haría mi presentación para ella. El espectáculo que estaba por realizar
era por ella.
Sentada en el
medio de la primera fila, la miré a los ojos, mi sonrisa perdió su perversidad,
y comencé.
Las incomodas
risas de mis pares ante mis sarcasmos y cinismos; las miradas de aprobación
ante mis planteamientos y los aplausos y felicitación que me otorgaron al
final… muy poco me importaron. Mis colegas no eran importantes.
La sonrisa que
le logré arrebatar con mis comentarios cínicos y sarcásticos, con esa comedia
“seca” que ella no apreciaba o aprobaba; los destellos de interés en sus ojos
por lo que estaba diciendo… sólo me importaba la aprobación que ella me daba.
Su expresión
de orgullo por mí era más valiosa que todas las loas de mis pares.