Por Jeremías Martell
Hay
conversaciones para las que una persona nunca está preparada. Cuando ella me dijo
que no podía tener hijos dije nada. Me quedé taciturno. Sólo mantuve la mirada
fija en sus ojos. Sin mostrar sorpresa o pizca de “decepción”. La que todo
“macho” debía expresar… la que su ex esposo y su familia le expresó.
Debí decirle
algo. Palabras de conforte. Aunque parecieran vacías, si venían de una persona
significativa, podrían hacer meya en un sentimiento que le atormentaba. En mi
silencio ella continuó relatándome de todos los pensamientos y sentimientos que
tenía. Ese sentimiento de culpa por no poder tener hijos.
-No soy una
mujer completa.
Seguí callado.
No sabía que decir. Debí argumentar en contra de esa noción, desmentir a todos
aquellos que la juzgaron por algo que no era su responsabilidad… simplemente
darle palabras de compresión o consuelo.
Esas no eran las conversaciones conocidas por mí.
Callado
continué.