Saturday, March 28, 2015

Me vi [8.2 misoginia]



Por Jeremías Martell

Ella me descartó. Un rompimiento amable y civilizado. Nos comportamos como los adultos que no éramos. La paz y conformidad que no sentía. Como fuere, ella tomó la decisión.  Continuamos siendo amigos. Frecuentando los mismos lugares, compartiendo las mismas amistades y a veces compartiendo un poco más.

Muy pronto pasé de ser  protagonista  a ser un mero espectador en su vida... de su vida.

La miraba y admiraba como ella elegía a los que serían sus próximas parejas o tan sólo su acompáñate de esa noche.  Era testigo de cómo los “pretendientes” la merodeaban. Hacían todo tipo de labor, espectáculo o sacrificio por atraer y mantener su atención. Lo que fuera por complacerla.

En mi nuevo rol. Sentado en las gradas, acariciando mi whiskey, me preguntaba… ¿Así de idiota me vi?

Saturday, March 7, 2015

Herejías [8.1 misoginia]

Por Jeremías Martell


 

Tomábamos vino, sentados sobre una tumba del cementerio. Nos gustaban esas cosas. Ir a todos esos lugares extraños donde la gente común no nos interrumpía.

A veces íbamos al bosque y nos acostábamos a la sombra de los árboles. Por horas haciendo nada.  En otras aprovechábamos la soledad, esa publica privacidad, para hacer todo lo que queríamos.

Sin embargo era el cementerio nuestro lugar favorito.

Muchos iban a ese lugar a llorar. A dejar los despojos de sus seres queridos… algunos iban a celebrar el deceso de algún enemigo. Como fuere, ellos eran meros visitantes. Nosotros éramos ciudadanos de esa necrópolis.

Paseábamos entre las tumbas. Leíamos los nombres y creábamos historias de vidas. Nacimientos y muertes, amoríos y venganzas. Entre historias admirábamos las estatuas de ángeles y santos.  Nos deslumbraban los ornamentados mausoleos que intentaban inmortalizar la memoria de algún difunto. Quien en realidad ya había sido olvidado por todos… en especial por la descendencia que construyó ese monumento.

En nuestra perversidad disfrutábamos en “deshonrar”, con el más temido  de los pecados, las tumbas de los más “piadosos” y “devotos”. De esos que en la muerte parecían  haber sido los más dedicados a una deidad de una religión.

Me fascinaba ver como ella se mordía los labios ante la elección del “devoto” que recibiría los efectos del pecado. La forma de tocar el nombre del difunto. La manera seductora de deslizar sus dedos sobre la tarja. El brillo de sus ojos adornados por su pequeña y perversa sonrisa al elegir.

Siempre fue su lección

En esos momentos perdía mi aliento ante ella. Mi fuerza de voluntad ya no era… sólo la seguía… la intentaba complacer. Lo que ella me pidiera seria el comando. Nunca dudé o me arrepentí.

Tantas tumbas que “deshonramos”. Que bautizamos con la impía e irreverente pasión de herejes.