Por Jeremías Martell
Tomábamos
vino, sentados sobre una tumba del cementerio. Nos gustaban esas cosas. Ir a
todos esos lugares extraños donde la gente común no nos interrumpía.
A veces íbamos
al bosque y nos acostábamos a la sombra de los árboles. Por horas haciendo
nada. En otras aprovechábamos la
soledad, esa publica privacidad, para hacer todo lo que queríamos.
Sin embargo
era el cementerio nuestro lugar favorito.
Muchos iban a
ese lugar a llorar. A dejar los despojos de sus seres queridos… algunos iban a
celebrar el deceso de algún enemigo. Como fuere, ellos eran meros visitantes.
Nosotros éramos ciudadanos de esa necrópolis.
Paseábamos
entre las tumbas. Leíamos los nombres y creábamos historias de vidas. Nacimientos
y muertes, amoríos y venganzas. Entre historias admirábamos las estatuas de ángeles
y santos. Nos deslumbraban los
ornamentados mausoleos que intentaban inmortalizar la memoria de algún difunto.
Quien en realidad ya había sido olvidado por todos… en especial por la descendencia
que construyó ese monumento.
En nuestra
perversidad disfrutábamos en “deshonrar”, con el más temido de los pecados, las tumbas de los más
“piadosos” y “devotos”. De esos que en la muerte parecían haber sido los más dedicados a una deidad de
una religión.
Me fascinaba
ver como ella se mordía los labios ante la elección del “devoto” que recibiría los
efectos del pecado. La forma de tocar el nombre del difunto. La manera
seductora de deslizar sus dedos sobre la tarja. El brillo de sus ojos adornados
por su pequeña y perversa sonrisa al elegir.
Siempre fue su
lección
En esos momentos
perdía mi aliento ante ella. Mi fuerza de voluntad ya no era… sólo la seguía…
la intentaba complacer. Lo que ella me pidiera seria el comando. Nunca dudé o
me arrepentí.
Tantas tumbas
que “deshonramos”. Que bautizamos con la impía e irreverente pasión de herejes.