Por Jeremías Martell
Habían pasado
unos seis meses desde que ella se había ido del país. Con una llamada
inesperada volví a hablar con ella. Me sorprendió porque le había dicho que no llamara.
Que comunicarse con sus “pretendientes” en el país lo único que lograría era
crearle duda en su nueva vida en el exilio.
Lo que ella me
dijo en esa conversación me ofendió a tal grado
que jamás le volví a hablar. Le prohibí a mis amistades que mencionaran
su nombre.
-Debí elegirte
a ti… no eres el hombre de mis sueños. Pero sé que nada me hubiera faltado si
estuviera contigo.
Lo que sentí
fue indignación… furia… coraje. En ese momento cualquier cariño, o hasta amor,
que pude haber sentido por ella se desvaneció. No. Se transformó en odio y
rencor…
Jamás la volví
a ver.