Saturday, October 24, 2015

Departida [1.7 misoginia]




Por Jeremías Martell
 
Tenía que irme. Lo que ella me ofrecía, la vida que ella me podía dar, era una tentación. Cada día que pasaba con ella se hacía más difícil.

Mis sentimientos nublaban mi razón. Sobre todo me hacían dudar de lo que era el futuro que me había trazado. Hacia borrosa esa imagen que había construido en mi mente de donde quería estar.

Lo que ella me ofrecía era estabilidad, paz, cariño, y hasta amor. Una familia. Un futuro donde estuviéramos juntos.

Eso no era lo que siempre había considerado era mi destino. Siempre consideré la lucha, la conquista… el alcanzar la gloria como lo que un verdadero hombre debía hacer. No sucumbir a un sentimiento.

La tenía que dejar.

Saturday, October 3, 2015

Entrampa [1.6 misoginia]




Por Jeremías Martell
Ella me entrampó. No me quedan dudas de que ella lo planificó todo para que me enamorara.

Cuando regresé ella, juguetona y tal vez coquetamente, me reclamó que no la había llamado. Que llevaba semanas en la ciudad sin que me comunicara con ella. Lo cual era una media verdad, porque si la había llamado… una vez… y no intenté volver a contactarla.

Luego de un mes, fue ella quien me llamó, y me invitó a salir. Pago la cena, pero el cine lo pagué, la dignidad de un hombre. Aun así, al final de la velada fue ella quien me invitó a ir a su casa. Porque el postre estaba allí. Literalmente. Ella había pasado el día horneando confituras que comeríamos con café.

-Pensé que se me haría más difícil convencerte.

Me decía en el tren luego que ya estábamos encaminados a pasar un fin de semana en su casa.

Luego de ese fin de semana, mis amigas, abogadas, terapistas y confesoras, me decían que tuviera cuidado. Tenían razón, la ventaja de ser un observador imparcial. El lunes anterior a nuestras “salida” había terminado una relación con otra mujer, una niñata. No lo había hecho público, nadie sabía del rompimiento, que no fueran mis abogadas. Ni siquiera fue un rompimiento dramático. Simplemente me levanté de la silla, me fui, la dejé sin terminar de escuchar lo que estaba diciendo. Ni siquiera pagué la cuenta… y no le contesté alguno de sus intentos de comunicarse conmigo.

Mis amigas lo sabían. Por eso me prescribían precaución.

Ahora estaba en la casa de ella. Sentados en el sofá, tomando café y comiendo sus confituras… hablando  todo lo que no habíamos hablado en mis años de ausencia. Me aterraba lo cómodo que me sentía con ella en esa sala.