Por Jeremías Martell
Entre cartas viejas encontré una fotografía.
Maltratada con las esquinas dañadas. Sus colores ya no eran tan brillantes como
en algún momento fueron.
Encontrar la foto no era sorpresa. Sabía que estaba
allí. La había guardado entre esas cartas. Era mi cofre de conquistas, odios y
amores. Recuerdos de muchas mujeres.
La foto era de una niña. Sonriente. Vestida de
color rosado.
En sus ojos brillaba lo que sólo podría asumir era la
inocencia. La que tienen todos los niños que aún no se ha enfrentado a la
realidad de la vida. La inocencia que todo padre intenta preservar… esa inocencia
no la conocí…
Cuando la conocí ya era una mujer. Joven y un poco
alocada. De esas mujeres que te hacen sonreír de sólo mirarlas. La niña que
estaba en esa foto ya no existía.
Esa foto la obtuve a pesar de sus protestas. Ella
no quería que viera su foto. Mucho menos que me quedara con ella. Fui a su
casa. Su madre fue muy amable y su
hermano se convirtió en mi amigo casi de inmediato. Mientras la madre me enseñaba muy orgullosa
las fotos familiares, vi a la niña de
vestido rosado.
Tuve que quedarme con esa foto. Era una de esas
facetas, que como adultos, no nos gusta
que otros vean. La vi cuando era una
inocente niña... cuando aún era vulnerable.
Nunca sabré si ella se molestó porque me quedé con
esa foto... o simplemente compartió conmigo un momento de su pasado. Me dio un
privilegio.
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