Por Jeremías Martell
Iba a perder esa contienda. Ella elegiría a otro. Sabía que no era el hombre de sus sueños. No tenía ninguna de las características que ella siempre enumeraba cuando describía al hombre que debía ser su futuro esposo. Aunque ella “estaba” conmigo en ese momento sabía que no duraría mucho.
Pronto ella tomaría
la decisión. De cuál, entre todos sus pretendientes, sería su futura pareja.
Iba a perder. La derrota no era una opción. Si ella no me eligiera, ella elegiría
a ninguno de mis contendientes.
Ella tampoco
era la mujer ideal que quería o deseaba para futuro alguno. Admito, lo que
sentía por ella era sólo pasión y lujuria. Simplemente era la mujer con quien
esporádicamente compartía un salón o una cama. Su elección la convertiría en
algo más... en un mero peón en la gratificación de mi ego… en la “defensa” de
lo que era mi orgullo de macho.
La manipularía
y usaría. Utilizaría la pizca de cariño que sentía por mí para convencerla en elegir otro camino. Algo
diferente. Para los espectadores, todos sus pretendientes seriamos rechazados.
Cambié las
reglas del juego… y ella se fue.
La acompañé al
aeropuerto, luego de un breve abrazo sus ojos se adornaron con lágrimas. Una
añadidura a mi triunfo. Llorando se fue. Porque creía que estaba dejando al
único hombre que verdaderamente la amaba. El que le dijo que se fuera a un
mejor lugar. Que dejara el país.