Por Jeremías Martell
Conocí lo que
era la paz… y no me gustó.
Podíamos estar
echados en la sala haciendo nada. A veces en silencio. En otras teníamos largas
conversaciones sobre trivialidades, que a nadie más le hubiera importado, y al
otro día decíamos que habíamos olvidado. Pero, siempre las recordamos.
Éramos amantes
del café. Sentados en la cocina, lo tomábamos mirando al jardín. El que ella había
cultivado. Muchas horas pasó en ese jardín. Plantando, podando, con mucho
cuidado, eliminando las malas yerbas. Ella hacia todo lo posible por hacer de
ese jardín algo bello.
Luego de un
largo verano, pronto el invierno llegaría… de forma repentina, sin que hubiera
un verdadero otoño. Las flores comenzarían a marchitarse, las hojas a caer… el
jardín moriría. A pesar que ya se veía decaer, disfrutábamos de ver el jardín,
su jardín, mientras tomábamos el café en la cocina.
Pasábamos
mucho tiempo en esa cocina... era como una segunda oficina. Donde trabajábamos
los proyectos que no completábamos durante la semana; o trabajamos en esos
proyectos personales que eran una labor de nuestra pasión por aprender y
descubrir. Por crear aquello que aún no había sido creado. Por lograr hilvanar
ideas que nos levantaban el intelecto y el espíritu…
Otras veces,
las menos, cocinábamos. Más bien ella cocinaba. No me dejaba tocar ni una
cuchara durante la preparación de la comida. Siempre me diecia que le dañaría
la receta con la que estaba experimentando. Me comandaba a esperar. Aun así, esa prohibición no me libraba de
limpiar esa cuchara, y todos los demás trastos. Ni de ser ese juez del producto
terminado que ella cocinó.
Para tanto
tiempo que pasábamos en esa cocina era muy poco lo que cocinábamos. Mi abuela
nos hubiera acusado de ensuciar trastos para nada.
Estábamos
completamente dedicados a nuestras carreras profesionales. Sabíamos que
nuestros trabajos eran primero, casi lo podíamos admitir. Casi. Porque aunque
lo sabíamos, nunca lo hablamos. Nunca nos recriminamos.
Aunque fuera
trabajando, era en esa cocina donde pasábamos los mejores momentos de nuestras
vidas. Era el lugar, por instantes matizados por el café, donde todo lo demás
dejaba de importar. Sólo estábamos allí.