Por Jeremías Martell
Conducía mi auto.
En silencio. La radio con el volumen bajo. En alguna estación local, en
donde sonaban canciones que no reconocía.
Ella estaba sentada a mi lado… también escuchando
las mismas canciones que no reconocíamos. Esta sería una de las últimas veces
que iríamos de juerga. Pronto ella dejaría el país. Los resultados de mis
manipulaciones.
Nos encontraríamos con algunas de nuestras
amistades. Las mismas que en algún momento consideré mi competencia, mis
enemigos a derrotar por el amor de ella. Había ganado, los derroté, a todos y a
mí mismo.
Cuando acordes que vagamente reconocía comenzaron a
sonar. "Cada vez que yo me voy...". Una canción que era popular en
ese momento se convertiría en el himno de la noche... de los próximos días. Los
previos a su partida.
Me tomó unas docenas de segundos... largos
insensibles segundos... en darme cuenta que ella lloraba. En silencio. La canción
la enfrentaba a lo que sería su inmediata realidad. La de sólo poder ver a sus
seres “queridos” en fotografías. De que ya no tendría a ninguna de sus amigos o
familiares cerca. Para abrazarlos y besarlos. Ni poder compartir con ellos sus más
íntimos sentimientos.
Estaría sola.
No dije nada. En silencio sólo tomé su mano y
continué conduciendo el auto por la carretera. Sabía que una canción siempre
nos recordaría ese momento. “En la distancia te puedo ver… cuando tus fotos me
siento a ver “.