Por Jeremías Martell
Con una
sincera sonrisa y ojos que le brillaban me dijo su nombre. Su expresión y forma
de mover su cuerpo no podían esconder el coqueteo. No creo que lo quería
esconder.
Estábamos en
el trabajo. No entendía. No hice nada especial. Sólo me comporté como mi abuela
me enseñó, como un caballero. Sólo le había abierto la puerta a una dama.
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