Saturday, August 1, 2015

Tulipanes [1.3 misoginia]



Por Jeremías Martell
 
Cada vez que caminaba por la ciudad era inevitable que me topara con tulipanes. Durante la primavera y el verano ellos eran un constate recuerdo. Los tulipanes me acordaban de ella. Esas eran sus flores favoritas.

Con plena intención procuré que nunca le llegaran esas flores. Sabía que le gustaban. Que era sus favoritas. Sabía que la hubiera hecho muy feliz si hubiera llegado con un ramo de tulipanes.

Nunca se los regalé.

Saturday, July 11, 2015

Lo que me pidió [1.2 misoginia]



Por Jeremías Martell

Fue en esa cocina donde ella me dijo por primera vez… “no me dejes sola”.  Lo único que hice, lo único que podía hacer era, sonreír amargamente. Ya la había abandonado. Cuando elegí a la universidad sobre ella… y me fui.

Había regresado luego de unos años y parecía que todo estaba como antes de mi partida. No. Estaba mejor.

Ambos habíamos madurado mucho como personas…  habíamos cambiado. Ya no éramos los jóvenes que fortuitamente nos encontramos en la gran ciudad. Ya no actuábamos desde la inmadurez o la impulsividad. Éramos un hombre y una mujer. Ambos siguiendo una visión de lo que queríamos ser y lograr.

Cuando me fui esa primera vez, ella acusó… recriminó… “me dejaste sola”. Era verdad, tengo que admitir mi culpa. Nunca me defendí y siempre me mantuve en silencio ante su reclamo.

Algo cambió. Esta vez cuando decía “sola” ya no era una acusación. Ya no me recriminaba. Parecía un pedido, pero nunca una súplica.

“Sé que te vas a ir”, me dijo una mañana. Cuando me fui esa primera vez, no dudé.  Era la decisión correcta. Lo que tenía que hacer si quería lograr el avance profesional. Mi avance. Sólo regresé porque era lo correcto para mi profesional. Con un plan y unas metas específicas que lograr. Había cumplido con mi plan, había logrado mis metas. Volver a irme era lo correcto para mi avance profesional.

Esta vez, por meros eternos instantes, había duda. Ese “no me dejes sola” en esa cocina me hacía dudar… pero al final siempre me iría.

Saturday, June 20, 2015

Lo que me ofrecía [1.1 misoginia]


Por Jeremías Martell
 
Conocí lo que era la paz…  y no me gustó.

Podíamos estar echados en la sala haciendo nada. A veces en silencio. En otras teníamos largas conversaciones sobre trivialidades, que a nadie más le hubiera importado, y al otro día decíamos que habíamos olvidado. Pero, siempre las recordamos.

Éramos amantes del café. Sentados en la cocina, lo tomábamos mirando al jardín. El que ella había cultivado. Muchas horas pasó en ese jardín. Plantando, podando, con mucho cuidado, eliminando las malas yerbas. Ella hacia todo lo posible por hacer de ese jardín algo bello.

Luego de un largo verano, pronto el invierno llegaría… de forma repentina, sin que hubiera un verdadero otoño. Las flores comenzarían a marchitarse, las hojas a caer… el jardín moriría. A pesar que ya se veía decaer, disfrutábamos de ver el jardín, su jardín, mientras tomábamos el café en la cocina.

Pasábamos mucho tiempo en esa cocina... era como una segunda oficina. Donde trabajábamos los proyectos que no completábamos durante la semana; o trabajamos en esos proyectos personales que eran una labor de nuestra pasión por aprender y descubrir. Por crear aquello que aún no había sido creado. Por lograr hilvanar ideas que nos levantaban el intelecto y el espíritu…

Otras veces, las menos, cocinábamos. Más bien ella cocinaba. No me dejaba tocar ni una cuchara durante la preparación de la comida. Siempre me diecia que le dañaría la receta con la que estaba experimentando. Me comandaba a esperar.  Aun así, esa prohibición no me libraba de limpiar esa cuchara, y todos los demás trastos. Ni de ser ese juez del producto terminado que ella cocinó.

Para tanto tiempo que pasábamos en esa cocina era muy poco lo que cocinábamos. Mi abuela nos hubiera acusado de ensuciar trastos para nada.

Estábamos completamente dedicados a nuestras carreras profesionales. Sabíamos que nuestros trabajos eran primero, casi lo podíamos admitir. Casi. Porque aunque lo sabíamos, nunca lo hablamos. Nunca nos recriminamos.

Aunque fuera trabajando, era en esa cocina donde pasábamos los mejores momentos de nuestras vidas. Era el lugar, por instantes matizados por el café, donde todo lo demás dejaba de importar.  Sólo estábamos allí.

Me sentía en paz.

Saturday, May 30, 2015

Una llamada [8.5 misoginia]




Por Jeremías Martell

Habían pasado unos seis meses desde que ella se había ido del país. Con una llamada inesperada volví a hablar con ella. Me sorprendió porque le había dicho que no llamara. Que comunicarse con sus “pretendientes” en el país lo único que lograría era crearle duda en su nueva vida en el exilio.

Lo que ella me dijo en esa conversación me ofendió a tal grado  que jamás le volví a hablar. Le prohibí a mis amistades que mencionaran su nombre.

-Debí elegirte a ti… no eres el hombre de mis sueños. Pero sé que nada me hubiera faltado si estuviera contigo.

Lo que sentí fue indignación… furia… coraje. En ese momento cualquier cariño, o hasta amor, que pude haber sentido por ella se desvaneció. No. Se transformó en odio y rencor…

Jamás la volví a ver.

Saturday, May 9, 2015

Satisfacción [8.4 misoginia]



Por Jeremías Martell
 
Con gran satisfacción leía la carta que ella me había enviado. Me daba las gracias por ayudarla a irse del país. También me escribía describiendo el arrepentimiento de haberse ido. De haber dejado a sus familia y amigos. A todos esos pretendientes que la adoraban y hacían lo que fuera por complacerla. Extrañaba la adulación de hombres lujuriosos.

Meras añoranzas de lo perdido.

Me decía  de la desesperación de estar sola. De no conocer a persona alguna. Escribía de la soledad como su único acompañante en una ciudad que no le importaba lo que estuvieras padeciendo. Eras tan sólo un ser anónimo más.

Lo que era su más preciada arma, lo que la hacía especial, allí ya no lo era. Su exótica belleza  ya no lo era. En esa ciudad era una mujer más.

Leía y releía esa carta con gran satisfacción. Había ganado, y logrado más de lo que deseaba. Su sufrimiento me satisfacía.  

Saturday, April 18, 2015

La Contienda [8.3 misoginia]



Por Jeremías Martell 


Iba a perder esa contienda. Ella elegiría a otro. Sabía que no era el hombre de sus sueños. No tenía ninguna de las características que ella siempre enumeraba cuando describía al hombre que debía ser su futuro esposo. Aunque ella “estaba” conmigo en ese momento sabía que no duraría mucho.

Pronto ella tomaría la decisión. De cuál, entre todos sus pretendientes, sería su futura pareja. Iba a perder. La derrota no era una opción. Si ella no me eligiera, ella elegiría a ninguno de mis contendientes.     

Ella tampoco era la mujer ideal que quería o deseaba para futuro alguno. Admito, lo que sentía por ella era sólo pasión y lujuria. Simplemente era la mujer con quien esporádicamente compartía un salón o una cama. Su elección la convertiría en algo más... en un mero peón en la gratificación de mi ego… en la “defensa” de lo que era mi orgullo de macho.

La manipularía y usaría. Utilizaría la pizca de cariño que sentía por mí  para convencerla en elegir otro camino. Algo diferente. Para los espectadores, todos sus pretendientes seriamos rechazados.  

Cambié las reglas del juego… y ella se fue.

La acompañé al aeropuerto, luego de un breve abrazo sus ojos se adornaron con lágrimas. Una añadidura a mi triunfo. Llorando se fue. Porque creía que estaba dejando al único hombre que verdaderamente la amaba. El que le dijo que se fuera a un mejor lugar. Que dejara el país.