Por Jeremías Martell
Con gran
satisfacción leía la carta que ella me había enviado. Me daba las gracias por
ayudarla a irse del país. También me escribía describiendo el arrepentimiento
de haberse ido. De haber dejado a sus familia y amigos. A todos esos
pretendientes que la adoraban y hacían lo que fuera por complacerla. Extrañaba
la adulación de hombres lujuriosos.
Meras
añoranzas de lo perdido.
Me decía de la desesperación de estar sola. De no
conocer a persona alguna. Escribía de la soledad como su único acompañante en
una ciudad que no le importaba lo que estuvieras padeciendo. Eras tan sólo un ser
anónimo más.
Lo que era su más
preciada arma, lo que la hacía especial, allí ya no lo era. Su exótica
belleza ya no lo era. En esa ciudad era
una mujer más.
Leía y releía
esa carta con gran satisfacción. Había ganado, y logrado más de lo que deseaba.
Su sufrimiento me satisfacía.
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