Por Jeremías Martell
Fue en esa
cocina donde ella me dijo por primera vez… “no me dejes sola”. Lo único que hice, lo único que podía hacer
era, sonreír amargamente. Ya la había abandonado. Cuando elegí a la universidad
sobre ella… y me fui.
Había
regresado luego de unos años y parecía que todo estaba como antes de mi
partida. No. Estaba mejor.
Ambos habíamos
madurado mucho como personas… habíamos
cambiado. Ya no éramos los jóvenes que fortuitamente nos encontramos en la gran
ciudad. Ya no actuábamos desde la inmadurez o la impulsividad. Éramos un hombre
y una mujer. Ambos siguiendo una visión de lo que queríamos ser y lograr.
Cuando me fui
esa primera vez, ella acusó… recriminó… “me dejaste sola”. Era verdad, tengo
que admitir mi culpa. Nunca me defendí y siempre me mantuve en silencio ante su
reclamo.
Algo cambió.
Esta vez cuando decía “sola” ya no era una acusación. Ya no me recriminaba.
Parecía un pedido, pero nunca una súplica.
“Sé que te vas
a ir”, me dijo una mañana. Cuando me fui esa primera vez, no dudé. Era la decisión correcta. Lo que tenía que
hacer si quería lograr el avance profesional. Mi avance. Sólo regresé porque
era lo correcto para mi profesional. Con un plan y unas metas específicas que
lograr. Había cumplido con mi plan, había logrado mis metas. Volver a irme era
lo correcto para mi avance profesional.
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