Saturday, June 20, 2015

Lo que me ofrecía [1.1 misoginia]


Por Jeremías Martell
 
Conocí lo que era la paz…  y no me gustó.

Podíamos estar echados en la sala haciendo nada. A veces en silencio. En otras teníamos largas conversaciones sobre trivialidades, que a nadie más le hubiera importado, y al otro día decíamos que habíamos olvidado. Pero, siempre las recordamos.

Éramos amantes del café. Sentados en la cocina, lo tomábamos mirando al jardín. El que ella había cultivado. Muchas horas pasó en ese jardín. Plantando, podando, con mucho cuidado, eliminando las malas yerbas. Ella hacia todo lo posible por hacer de ese jardín algo bello.

Luego de un largo verano, pronto el invierno llegaría… de forma repentina, sin que hubiera un verdadero otoño. Las flores comenzarían a marchitarse, las hojas a caer… el jardín moriría. A pesar que ya se veía decaer, disfrutábamos de ver el jardín, su jardín, mientras tomábamos el café en la cocina.

Pasábamos mucho tiempo en esa cocina... era como una segunda oficina. Donde trabajábamos los proyectos que no completábamos durante la semana; o trabajamos en esos proyectos personales que eran una labor de nuestra pasión por aprender y descubrir. Por crear aquello que aún no había sido creado. Por lograr hilvanar ideas que nos levantaban el intelecto y el espíritu…

Otras veces, las menos, cocinábamos. Más bien ella cocinaba. No me dejaba tocar ni una cuchara durante la preparación de la comida. Siempre me diecia que le dañaría la receta con la que estaba experimentando. Me comandaba a esperar.  Aun así, esa prohibición no me libraba de limpiar esa cuchara, y todos los demás trastos. Ni de ser ese juez del producto terminado que ella cocinó.

Para tanto tiempo que pasábamos en esa cocina era muy poco lo que cocinábamos. Mi abuela nos hubiera acusado de ensuciar trastos para nada.

Estábamos completamente dedicados a nuestras carreras profesionales. Sabíamos que nuestros trabajos eran primero, casi lo podíamos admitir. Casi. Porque aunque lo sabíamos, nunca lo hablamos. Nunca nos recriminamos.

Aunque fuera trabajando, era en esa cocina donde pasábamos los mejores momentos de nuestras vidas. Era el lugar, por instantes matizados por el café, donde todo lo demás dejaba de importar.  Sólo estábamos allí.

Me sentía en paz.

Saturday, May 30, 2015

Una llamada [8.5 misoginia]




Por Jeremías Martell

Habían pasado unos seis meses desde que ella se había ido del país. Con una llamada inesperada volví a hablar con ella. Me sorprendió porque le había dicho que no llamara. Que comunicarse con sus “pretendientes” en el país lo único que lograría era crearle duda en su nueva vida en el exilio.

Lo que ella me dijo en esa conversación me ofendió a tal grado  que jamás le volví a hablar. Le prohibí a mis amistades que mencionaran su nombre.

-Debí elegirte a ti… no eres el hombre de mis sueños. Pero sé que nada me hubiera faltado si estuviera contigo.

Lo que sentí fue indignación… furia… coraje. En ese momento cualquier cariño, o hasta amor, que pude haber sentido por ella se desvaneció. No. Se transformó en odio y rencor…

Jamás la volví a ver.

Saturday, May 9, 2015

Satisfacción [8.4 misoginia]



Por Jeremías Martell
 
Con gran satisfacción leía la carta que ella me había enviado. Me daba las gracias por ayudarla a irse del país. También me escribía describiendo el arrepentimiento de haberse ido. De haber dejado a sus familia y amigos. A todos esos pretendientes que la adoraban y hacían lo que fuera por complacerla. Extrañaba la adulación de hombres lujuriosos.

Meras añoranzas de lo perdido.

Me decía  de la desesperación de estar sola. De no conocer a persona alguna. Escribía de la soledad como su único acompañante en una ciudad que no le importaba lo que estuvieras padeciendo. Eras tan sólo un ser anónimo más.

Lo que era su más preciada arma, lo que la hacía especial, allí ya no lo era. Su exótica belleza  ya no lo era. En esa ciudad era una mujer más.

Leía y releía esa carta con gran satisfacción. Había ganado, y logrado más de lo que deseaba. Su sufrimiento me satisfacía.  

Saturday, April 18, 2015

La Contienda [8.3 misoginia]



Por Jeremías Martell 


Iba a perder esa contienda. Ella elegiría a otro. Sabía que no era el hombre de sus sueños. No tenía ninguna de las características que ella siempre enumeraba cuando describía al hombre que debía ser su futuro esposo. Aunque ella “estaba” conmigo en ese momento sabía que no duraría mucho.

Pronto ella tomaría la decisión. De cuál, entre todos sus pretendientes, sería su futura pareja. Iba a perder. La derrota no era una opción. Si ella no me eligiera, ella elegiría a ninguno de mis contendientes.     

Ella tampoco era la mujer ideal que quería o deseaba para futuro alguno. Admito, lo que sentía por ella era sólo pasión y lujuria. Simplemente era la mujer con quien esporádicamente compartía un salón o una cama. Su elección la convertiría en algo más... en un mero peón en la gratificación de mi ego… en la “defensa” de lo que era mi orgullo de macho.

La manipularía y usaría. Utilizaría la pizca de cariño que sentía por mí  para convencerla en elegir otro camino. Algo diferente. Para los espectadores, todos sus pretendientes seriamos rechazados.  

Cambié las reglas del juego… y ella se fue.

La acompañé al aeropuerto, luego de un breve abrazo sus ojos se adornaron con lágrimas. Una añadidura a mi triunfo. Llorando se fue. Porque creía que estaba dejando al único hombre que verdaderamente la amaba. El que le dijo que se fuera a un mejor lugar. Que dejara el país.

Saturday, March 28, 2015

Me vi [8.2 misoginia]



Por Jeremías Martell

Ella me descartó. Un rompimiento amable y civilizado. Nos comportamos como los adultos que no éramos. La paz y conformidad que no sentía. Como fuere, ella tomó la decisión.  Continuamos siendo amigos. Frecuentando los mismos lugares, compartiendo las mismas amistades y a veces compartiendo un poco más.

Muy pronto pasé de ser  protagonista  a ser un mero espectador en su vida... de su vida.

La miraba y admiraba como ella elegía a los que serían sus próximas parejas o tan sólo su acompáñate de esa noche.  Era testigo de cómo los “pretendientes” la merodeaban. Hacían todo tipo de labor, espectáculo o sacrificio por atraer y mantener su atención. Lo que fuera por complacerla.

En mi nuevo rol. Sentado en las gradas, acariciando mi whiskey, me preguntaba… ¿Así de idiota me vi?

Saturday, March 7, 2015

Herejías [8.1 misoginia]

Por Jeremías Martell


 

Tomábamos vino, sentados sobre una tumba del cementerio. Nos gustaban esas cosas. Ir a todos esos lugares extraños donde la gente común no nos interrumpía.

A veces íbamos al bosque y nos acostábamos a la sombra de los árboles. Por horas haciendo nada.  En otras aprovechábamos la soledad, esa publica privacidad, para hacer todo lo que queríamos.

Sin embargo era el cementerio nuestro lugar favorito.

Muchos iban a ese lugar a llorar. A dejar los despojos de sus seres queridos… algunos iban a celebrar el deceso de algún enemigo. Como fuere, ellos eran meros visitantes. Nosotros éramos ciudadanos de esa necrópolis.

Paseábamos entre las tumbas. Leíamos los nombres y creábamos historias de vidas. Nacimientos y muertes, amoríos y venganzas. Entre historias admirábamos las estatuas de ángeles y santos.  Nos deslumbraban los ornamentados mausoleos que intentaban inmortalizar la memoria de algún difunto. Quien en realidad ya había sido olvidado por todos… en especial por la descendencia que construyó ese monumento.

En nuestra perversidad disfrutábamos en “deshonrar”, con el más temido  de los pecados, las tumbas de los más “piadosos” y “devotos”. De esos que en la muerte parecían  haber sido los más dedicados a una deidad de una religión.

Me fascinaba ver como ella se mordía los labios ante la elección del “devoto” que recibiría los efectos del pecado. La forma de tocar el nombre del difunto. La manera seductora de deslizar sus dedos sobre la tarja. El brillo de sus ojos adornados por su pequeña y perversa sonrisa al elegir.

Siempre fue su lección

En esos momentos perdía mi aliento ante ella. Mi fuerza de voluntad ya no era… sólo la seguía… la intentaba complacer. Lo que ella me pidiera seria el comando. Nunca dudé o me arrepentí.

Tantas tumbas que “deshonramos”. Que bautizamos con la impía e irreverente pasión de herejes.