Por Jeremías Martell
Ella me
entrampó. No me quedan dudas de que ella lo planificó todo para que me
enamorara.
Cuando
regresé ella, juguetona y tal vez coquetamente, me reclamó que no
la había llamado. Que llevaba semanas en la ciudad sin que me comunicara con
ella. Lo cual era una media verdad, porque si la había llamado… una vez… y no
intenté volver a contactarla.
Luego de un mes, fue ella quien me llamó, y me invitó a salir. Pago la
cena, pero el cine lo pagué, la dignidad de un hombre. Aun así, al final de la
velada fue ella quien me invitó a ir a su casa. Porque el postre estaba allí.
Literalmente. Ella había pasado el día horneando confituras que comeríamos con
café.
-Pensé que se me haría más difícil convencerte.
Me decía en el tren luego que ya estábamos encaminados a pasar un fin de
semana en su casa.
Luego de ese fin de semana, mis amigas, abogadas, terapistas y confesoras,
me decían que tuviera cuidado. Tenían razón, la ventaja de ser un observador
imparcial. El lunes anterior a nuestras “salida” había terminado una relación
con otra mujer, una niñata. No lo había hecho público, nadie sabía del rompimiento,
que no fueran mis abogadas. Ni siquiera fue un rompimiento dramático.
Simplemente me levanté de la silla, me fui, la dejé sin terminar de escuchar lo
que estaba diciendo. Ni siquiera pagué la cuenta… y no le contesté alguno de
sus intentos de comunicarse conmigo.
Mis amigas lo sabían. Por eso me prescribían precaución.