Saturday, October 3, 2015

Entrampa [1.6 misoginia]




Por Jeremías Martell
Ella me entrampó. No me quedan dudas de que ella lo planificó todo para que me enamorara.

Cuando regresé ella, juguetona y tal vez coquetamente, me reclamó que no la había llamado. Que llevaba semanas en la ciudad sin que me comunicara con ella. Lo cual era una media verdad, porque si la había llamado… una vez… y no intenté volver a contactarla.

Luego de un mes, fue ella quien me llamó, y me invitó a salir. Pago la cena, pero el cine lo pagué, la dignidad de un hombre. Aun así, al final de la velada fue ella quien me invitó a ir a su casa. Porque el postre estaba allí. Literalmente. Ella había pasado el día horneando confituras que comeríamos con café.

-Pensé que se me haría más difícil convencerte.

Me decía en el tren luego que ya estábamos encaminados a pasar un fin de semana en su casa.

Luego de ese fin de semana, mis amigas, abogadas, terapistas y confesoras, me decían que tuviera cuidado. Tenían razón, la ventaja de ser un observador imparcial. El lunes anterior a nuestras “salida” había terminado una relación con otra mujer, una niñata. No lo había hecho público, nadie sabía del rompimiento, que no fueran mis abogadas. Ni siquiera fue un rompimiento dramático. Simplemente me levanté de la silla, me fui, la dejé sin terminar de escuchar lo que estaba diciendo. Ni siquiera pagué la cuenta… y no le contesté alguno de sus intentos de comunicarse conmigo.

Mis amigas lo sabían. Por eso me prescribían precaución.

Ahora estaba en la casa de ella. Sentados en el sofá, tomando café y comiendo sus confituras… hablando  todo lo que no habíamos hablado en mis años de ausencia. Me aterraba lo cómodo que me sentía con ella en esa sala.

Saturday, September 12, 2015

La Fuente [1.5 misoginia]




Por Jeremías Martell
Ella fue fuente de celos entre mis “amigas”. En especial de una.

-¿Quién es ella?

Fue la pregunta que irrumpió el silencio de la habitación. Mi “amiga” estaba viendo fotos de mis viajes. Entre docenas de fotos ella estaba allí. Una sola foto, entre docenas. Mi “amiga” se fijó en la única foto en la que ella y yo estábamos juntos.  Un “inocente” recuerdo de un pasadía con unas amistades. Mis amistades.

Ese día caminábamos por la ciudad. Por un parque que bordeaba el rio y las flores de cerezo estaban renaciendo. Era principios de la primavera y ver tantas flores era todo un evento en la cuidad. Caminábamos entre cientos de personas que querían olvidar el invierno entre las rosadas flores.

Mis amistades me abandonaron. Fue gradual. Mientras más ella acaparaba mi atención, más ellos se alejaban. No por “darnos espacio” sino porque no la toleraban. Decían que ella no era apropiada para mí. Terminamos caminando solos entre flores.

Cuando mi “amiga” vio las fotos sintió gran furia. No escondió su indignación. No porque estaba con otra mujer. Sino porque me veía feliz.

Saturday, August 22, 2015

Un Boleto [1.4 misoginia]




Por Jeremías Martell
Durante años he cargado un boleto de cine en mi billetera. Ya está viejo y maltratado. Las letras ya casi han desaparecido. Este era un recuerdo. Lo que decía ese boleto ya no importaba. Habían pasado años desde que lo había memorizado.

Tener ese boleto me acordaba a ella. De esa primera vez que nos encontramos. De esa primera vez que nos vimos luego de ser adultos. De poder conversar y actuar como nunca lo habíamos hecho antes.

Un recuerdo de esa noche en octubre que me hizo amarla…

Saturday, August 1, 2015

Tulipanes [1.3 misoginia]



Por Jeremías Martell
 
Cada vez que caminaba por la ciudad era inevitable que me topara con tulipanes. Durante la primavera y el verano ellos eran un constate recuerdo. Los tulipanes me acordaban de ella. Esas eran sus flores favoritas.

Con plena intención procuré que nunca le llegaran esas flores. Sabía que le gustaban. Que era sus favoritas. Sabía que la hubiera hecho muy feliz si hubiera llegado con un ramo de tulipanes.

Nunca se los regalé.

Saturday, July 11, 2015

Lo que me pidió [1.2 misoginia]



Por Jeremías Martell

Fue en esa cocina donde ella me dijo por primera vez… “no me dejes sola”.  Lo único que hice, lo único que podía hacer era, sonreír amargamente. Ya la había abandonado. Cuando elegí a la universidad sobre ella… y me fui.

Había regresado luego de unos años y parecía que todo estaba como antes de mi partida. No. Estaba mejor.

Ambos habíamos madurado mucho como personas…  habíamos cambiado. Ya no éramos los jóvenes que fortuitamente nos encontramos en la gran ciudad. Ya no actuábamos desde la inmadurez o la impulsividad. Éramos un hombre y una mujer. Ambos siguiendo una visión de lo que queríamos ser y lograr.

Cuando me fui esa primera vez, ella acusó… recriminó… “me dejaste sola”. Era verdad, tengo que admitir mi culpa. Nunca me defendí y siempre me mantuve en silencio ante su reclamo.

Algo cambió. Esta vez cuando decía “sola” ya no era una acusación. Ya no me recriminaba. Parecía un pedido, pero nunca una súplica.

“Sé que te vas a ir”, me dijo una mañana. Cuando me fui esa primera vez, no dudé.  Era la decisión correcta. Lo que tenía que hacer si quería lograr el avance profesional. Mi avance. Sólo regresé porque era lo correcto para mi profesional. Con un plan y unas metas específicas que lograr. Había cumplido con mi plan, había logrado mis metas. Volver a irme era lo correcto para mi avance profesional.

Esta vez, por meros eternos instantes, había duda. Ese “no me dejes sola” en esa cocina me hacía dudar… pero al final siempre me iría.

Saturday, June 20, 2015

Lo que me ofrecía [1.1 misoginia]


Por Jeremías Martell
 
Conocí lo que era la paz…  y no me gustó.

Podíamos estar echados en la sala haciendo nada. A veces en silencio. En otras teníamos largas conversaciones sobre trivialidades, que a nadie más le hubiera importado, y al otro día decíamos que habíamos olvidado. Pero, siempre las recordamos.

Éramos amantes del café. Sentados en la cocina, lo tomábamos mirando al jardín. El que ella había cultivado. Muchas horas pasó en ese jardín. Plantando, podando, con mucho cuidado, eliminando las malas yerbas. Ella hacia todo lo posible por hacer de ese jardín algo bello.

Luego de un largo verano, pronto el invierno llegaría… de forma repentina, sin que hubiera un verdadero otoño. Las flores comenzarían a marchitarse, las hojas a caer… el jardín moriría. A pesar que ya se veía decaer, disfrutábamos de ver el jardín, su jardín, mientras tomábamos el café en la cocina.

Pasábamos mucho tiempo en esa cocina... era como una segunda oficina. Donde trabajábamos los proyectos que no completábamos durante la semana; o trabajamos en esos proyectos personales que eran una labor de nuestra pasión por aprender y descubrir. Por crear aquello que aún no había sido creado. Por lograr hilvanar ideas que nos levantaban el intelecto y el espíritu…

Otras veces, las menos, cocinábamos. Más bien ella cocinaba. No me dejaba tocar ni una cuchara durante la preparación de la comida. Siempre me diecia que le dañaría la receta con la que estaba experimentando. Me comandaba a esperar.  Aun así, esa prohibición no me libraba de limpiar esa cuchara, y todos los demás trastos. Ni de ser ese juez del producto terminado que ella cocinó.

Para tanto tiempo que pasábamos en esa cocina era muy poco lo que cocinábamos. Mi abuela nos hubiera acusado de ensuciar trastos para nada.

Estábamos completamente dedicados a nuestras carreras profesionales. Sabíamos que nuestros trabajos eran primero, casi lo podíamos admitir. Casi. Porque aunque lo sabíamos, nunca lo hablamos. Nunca nos recriminamos.

Aunque fuera trabajando, era en esa cocina donde pasábamos los mejores momentos de nuestras vidas. Era el lugar, por instantes matizados por el café, donde todo lo demás dejaba de importar.  Sólo estábamos allí.

Me sentía en paz.