Por Jeremías Martell
Estábamos
sentados en una de las bancas de la plaza frente al Instituto Ortega y
Gasset. Una plaza pequeña entre
edificios y árboles. No muy frecuentada por los habitantes de la ciudad. Ella
yo sentados allí.
Fue una
coincidencia que viajáramos juntos hasta Toledo. Por razones distintas para
completar una aspiración parecida. La de estudiar en un país que no fuera en el
que nacimos.
-Hemos venido
de tan lejos.
Me comentó sin
mirarme. Sentados uno al lado del otro. Muy cerca. Sin movernos. Sin mirarnos.
Lo que hacíamos era mirar a las pocas personas que pasaban.
-Quien diría
que estaríamos aquí… juntos.
Me dijo
mientras buscaba mi mirada. Llevábamos varios meses en Toledo. Tomábamos
algunas clases juntos y paseos por la ciudad imperial y por las orillas del rio
Tajo. Visitábamos las catedrales, sinagogas y mezquitas. Vimos juntos por
primera vez los trabajos del Greco y el abrir de la puerta de la catedral en
Corpus Christi.
Hasta festejamos
todo la noche sólo con la intensión de ver el amanecer. En juergas y jaras
siempre estábamos juntos. Planificábamos todo, o más bien lo tramábamos. Un fin
de semana por Madrid visitando el Prado durante
el día, y en la noche vino en mano por la Plaza Mayor.
Luego viajamos
por todo Andalucía hasta llegar a Granada. Nuestras romerías nos llevaron a ser
deslumbrados ante el Alhambra y el flamenco que se escurría por el Sacromonte.
Fuimos los
mejores compañeros de viaje. Expatriados. Juntos, sentados en una banca de las
plazas de Toledo.
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