Por Jeremías Martell
Estaba sentado al lado de mi abuela, en la sala
de la que fue la casa de Doña Leonora. Mi abuela conocía a todos en esa
casa. Los hijos, sobrinos, y todos los parientes y amigos de Doña Leonora, quienes
ahora estaban allí para rezarle el rosario y recodarla. Yo… conocía a nadie en
esa casa.
Pero todos sabían quién era yo.
Mi abuela se había encargado que todos se
enteraran de los logros que había acumulado en los últimos 10 años.
Supongo que todas las abuelas hacen lo mismo. Hasta exageran un poco de los
logros de sus nietos.
No sabía que ella era la nieta de Doña Leonora. Hasta
que la vi salir de la cocina con su madre. La madre no me reconoció, pero ella sí.
Cuando ella me saludó, la expresión de la madre
me reveló que ella sabía quién era yo. Mi abuela, quien no sabía mi historia
con la madre, se había encargado de ella supiere de mi leyenda. De que había
logrado lo que nieta no había logrado.
Yo era lo que la madre quería para su hija. Había
triunfado, en lo que nieta había fracasado.
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