Habían pasado unos
meses desde que nuestra relación terminó. Una vez ella decidió no continuar,
yo, no miré atrás.
Jamás volví a tener
contacto directo con ella. Aun así, de tiempo en tiempo su sombra aparecía en
mi mente. Había cosas que cuando me las dijo, no registraron reacción alguna en
mí.
“Ya no eres como antes”
“Siempre estas
trabajando”
“Ya no sonríes”
Sus palabras las había
echado a un lado. Como las de una niñata que no entendía lo que era tener una
vida con propósito. Que el trabajo no era meramente una forma de obtener sustento.
Era una vocación, una faena que daba sentido a la vida.
Me tomó meses entender
que ella tenía razón. Mientras más ascendía profesionalmente, más viajaba constantemente, más tareas asumía, menos tiempo tenia. Menos reía. Menos hacia
todas esas cosas que hacían una vida interesante.
Si, tenía más dinero,
poder y fama dentro de mi profesión. Pero cada vez era menos “feliz” en el
sentido común de la palabra. Porque complacido estaba con mis logros. El sacrifico
que estaba haciendo era que cada vez hacia menos feliz a las personas a mi
alrededor. Mi familia me veía menos, mis amistades eran olvidadas… y la mujer
que en algún momento admiré, y hasta amé, ya no estaba a mi lado.
Ella tenía razón, ya
no era me esforzaba por hacerla feliz, o
meramente hacerla sonreír. La sonrisa que en algún momento desesperadamente busqué.
Si fuera una mejor
persona, sentiría remordimiento… haría lo posible para enmendar mi “error”.
Jamás me he presentado
ante nadie como una “buena persona”. Nunca he mentido en ese aspecto… en lo que
sería para muchos una encrucijada, para no lo seria. Mi profesión ha sido y será
lo más importante en mi vida.
Nunca la volví a buscar…
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