Por Jeremías Martell
Era apropiado que nuestra relación terminara en el
cementerio. Ese fue uno de nuestros lugares favoritos. Donde pasamos largas
horas nocturnas… cometiendo las más profundas y deliciosas herejías.
Al mi vida alargarse, más de lo que esperaba,
visitar tumbas había tomado un sentido diferente. Era ver como mis amistades
dejaban de existir y se convertían en meros recuerdos. Aquellos colegas con
quien compartía relaciones profesionales ya no daban sus bien intencionados
consejos. Que mis familiares ya no estarían allí, sus voces jamás vueltas a
escuchar.
Al tiempo pasar un sentimiento de triunfo se añadía
a mis visitas a los cementerios. El
triunfo de pararte sobre el cuerpo inerte del adversario caído. Un perverso
sentimiento de gloria me emborrachaba cada vez que visitaba las tumbas de mis
enemigos. De ese Gran Maestro y la de su Diputado. De ese viejo alcohólico
traidor… y todos aquellos que en algún momento resintieron mi ser.
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